domingo, 1 de noviembre de 2020

Clara Campoamor: El Voto Femenino Y Yo, Mi Pecado Mortal

 

 


Lectura esencial, la autora Clara Campoamor documenta con sus propias palabras el hecho que se convirtió en motivo de debates airados, y aún hoy manipulaciones y discusiones: El voto de la mujer 

Clara Campoamor lidió con altura y consiguió el voto para todas las mujeres, aunque, como afirma, conseguirlo fuera el pecado mortal que le supuso su condena política, su pérdida de escaño en las filas del Partido Radical, su renuncia a la militancia en dicho partido y la imposibilidad de que volvieran a brindarle un puesto en otro partido político, y que ella intentó con Izquierda Republicana infructuosamente, sufriendo mofa de las propias mujeres. Campoamor consideraba el aburguesamiento de los hombres progresistas de su partido, sus mentiras de poltrona. Vista desde los aplausos feministas de hoy,  resulta triste, si se hace memoria de la amargura de esa derrota y del ostracismo sufrido. No pudo volver a España, ni conoció nuestra democracia, ni la valoración máxima de su figura, pues falleció en su exilio de Lausana en 1972.  Al ser hoy día una figura tan comentada, quiero acercarme a este texto como si no existiesen estudios previos para poder juzgar objetivamente el texto, y tomo los contrastados datos de la excelente biografía de Concha Fagoaga y Paloma Saavedra: Clara Campoamor la sufragista española, publicado por el Instituto de la mujer en 2006,de otros de Isabel Lizarraga Bizcarra y Juan Aguilera Sastre, Clara Campoamor, la forja de una feminista, publicado la misma editorial Renacimiento en 2019. He utilizado igualmente la ficha de la masonería.                                                                                                                                               

 Nacida en Madrid en 1888, huérfana muy temprana de padre tuvo que abandonar los estudios y ganarse la vida como modista, dependienta de comercio y telefonista. Tenía espíritu de superación y, tras dos oposiciones, consiguió ser funcionaria en el cuerpo de Correos y Telégrafos en 1909 y profesora de Taquigrafía y Mecanografía en las Escuelas de Adultas de Madrid en 1014. Simultaneaba los trabajos con la secretaría del periódico la Tribuna. Desde 1919 frecuentaba el Ateneo de Madrid, lo que le dio la oportunidad de participar en los debates y relacionarse con políticos. Hacia 1921 inició sus colaboraciones periodísticas en La Tribuna, Nuevo Heraldo, El sol y El Tiempo, tratando temas reivindicativos sobre las mujeres y sobre la infancia, siempre con visión social y progresista. En 1922 entró en contacto con agrupaciones feministas y participó en actos públicos contra la prostitución de la Asociación Abolicionista junto a Elena Soriano y María Martínez Sierra (Lejárraga). Consciente de su falta de estudios, cursó a los 35 años el bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros, terminando en 1923 en el Instituto General y Técnico de Cuenca. Se opuso en 1923 al golpe de Estado del General Primo de Rivera que disolvió el Parlamento e instauró un Directorio Militar al que los intelectuales, y entre ellos los del Ateneo, se oponían. Tenaz, siguió estudiando. Cursó Derecho en la Universidad Oviedo, que finalizó en la Universidad Central de Madrid en 1924, ingresando seguidamente en la Real Academia de Jurisprudencia; en 1925 se dio de alta en el Colegio de Abogados de Madrid ejerciendo la abogacía. La oposición a la Dictadura se endurecía y el General Primo de Rivera eligió por su cuenta a la Junta directiva del Ateneo de 1926 en la que incluyó el nombre de Clara Campoamor, que no lo acepta. Tampoco aceptó formar parte de la Asamblea Nacional, iniciativa del General, que sustituía a las Cortes democráticas.  Rechazó igualmente la Cruz de Alfonso XII que llevaba aparejado el premio otorgado por la Academia Nacional de Jurisprudencia. Las posiciones políticas de Campoamor iban derivando en una clara defensa a favor de lo que entendía como valores republicanos, y en esa línea actuó como abogada defensora en la causa de dos de los condenados por la sublevación de Jaca en contra de la Monarquía para los que se pedía la pena de muerte. En la misma actuación republicana de Jaca la sublevación de San Sebastián en la que se implicó su único hermano, Ignacio, condenado a cadena perpetua. Sus actuaciones avalan su profesionalidad como abogada y su cada vez más militancia social y política republicana. En 1930 es nombrada delegada del Tribunal de Menores, y ponente del Congreso de la Sección Española de la Unión Internacional de abogados. Su interés por la política sigue creciendo y en 1930 funda y preside la agrupación Acción Republicana Femenina. En abril de 1931 con la marcha de rey Alfonso XII se instala en España la II República. El Gobierno provisional republicano aprobó una reforma de Ley electoral en la cual podían vota los varones mayores de 23 años, pero no las mujeres, aunque si podían ser elegidas. Integrada en el Partido Republicano Radical de Lerroux, se incorpora a la masonería en 1931 y concurre a los comicios en una candidatura formada por tres partidos, El Partido Republicano Radical, el partido Republicano Radical Socialista y Acción Republicana, siendo elegida por Madrid en las elecciones del 28 junio. Conseguido por su lucha el voto de la mujer, perdió Campoamor el escaño en las elecciones de 1933.

El Texto

Clara Campoamor: EL Voto Femenino Y Yo. Mi Pecado Mortal, Editorial Renacimiento. Biblioteca Histórico, 2º edición, España 2018. Se trata de una publicación de 270 páginas lleva el prólogo de a presidenta de la asociación Clara Campoamor Blanca Estrella Ruiz Ungo.

La publicación abarca desde esa etapa en que fue elegida como  miembro del Consejo Constituyente de la Constitución de 1931, y narra los debates parlamentarios, la votación con el triunfo por escaso margen del derecho del voto femenino, los nombres de los diputados cuyo voto fue afirmativo y de los que fue negativo, la pérdida del escaño en las siguientes elecciones, la colaboración con el Gobierno de Coalición de Partido Radical con la Ceda, su dimisión del Partido Radical, su vano intento de ser aceptada por otro partido Era desde 1934 fue una republicana sin partido. Estaba convencida de que, pese a su fracaso personal, había aportado lo mejor de si misma a la República. Las elecciones de 1936 demostraron que no precisamente el voto de la mujer era conservador, como oponían sus detractores, sino que dieron la victoria, con votos también femeninos, al Frente Popular. Este texto fue terminado en mayo de 1936, fue pues escrito antes de la Guerra civil y se inicia con las elecciones que le dieron el escaño.

 El primer capítulo justifica su acción política:    

 Mi    pensamiento era más político y nacional, más amplio y objetivo que el concreto feminista” (p.33)

El texto narra que que, con la llegada de la República, en mayo de 1931 se anunció la publicación de un decreto del Gobierno provisional convocando a elecciones de Cortes Constituyentes y modificando la ley electoral de 1907. Esa nueva ley concedía el voto a los varones mayores de 23 años y eran elegibles las mujeres, pero no les concedía derecho a participar como votantes. Las elecciones se efectuaron y Clara Campoamor fue elegida por Madrid alcanzando escaño por el partido Radical Republicano que presidía Alejandro Lerroux. No fue la única mujer elegida, Victoria Kent lo hizo por el partido Radical Republicano Socialista. Posteriormente se incorporó Margarita Nelken por el partido Socialista. Campoamor intentó incorporar a la mujer a la República con plenos derechos y empeña su lucha en que la mujer no solo pueda sea elegida, sino que tenga derecho al voto. Amonesta Campoamor en este texto a los varones de la República que quiso ser revolucionaria por esa omisión, considerando que han sido también las mujeres las que con los varones han luchado por los valores republicanos. Retrata a sus colegas diputados como monárquicos reconvertidos o republicanos burgueses que intentan que la mujer esté en una cómoda posición pasiva y no altere los planes masculinos ni plantee más problemas que los domésticos. Imaginamos que los argumentos condenatorios de este texto (es opinión mía) debieron ser posteriores a su elección como diputada, pues difícilmente lo hubiera logrado, se hubiera encontrado desde el principio con los mismos bloqueos que luego surgirían en el seno de los partidos, incluyendo el suyo propio, dadas las agrias discusiones  Pidió al partido Radical que la designaran para la Comisión Constitucional por su especialización en temas sensibles como lo son la mujer y de la infancia y el Partido Radical aceptó, ya que llevaba en su programa de igualdad de derechos de ambos sexos. Clara Campoamor cuenta que fue ponente constitucional en la Constitución de 1931. El texto que comentamos hoy es fundamentalmente un alegato de las razones jurídicas que motivaron su defensa del voto femenino. Nuestra opinión es que nada hay de romántico, en el sentido populista y fraternal, y mucho de espíritu ilustrado y concepción racional sobre la Nación y la República, entendida como derecho de ciudadanía que las mujeres, por la mera condición de ciudadanas, no podían ser excluidas. Dirá a la Cámara:   

 Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer y considero que sería un grave error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la Revolución francesa, será indiscutiblemente una fuerza nueva que se incorpora al Derecho y no hay sino empujarla a que siga su camino” (p.126)  

CPido yo misma aquí mis disculpas, pues no soy conocedora de la mecánica parlamentaria, pero afirma que ser ponente constitucional le daba derecho preferente a la hora de hacer uso de la palabra cada vez que fuera necesaria en el salón de las Cortes para defender las tesis de la Comisión y la facultad de contestar a todos los contradictores, lo que así hizo, por lo que agradece desde el texto al partido Radical su elección como ponente. Debió la Comisión trabajar con ahínco En el texto que comentamos incide también en los temas relativos a sus aportaciones en la Comisión Constitucional, que luego figuraron en la Constitución de 1931: igualdad civil del matrimonio, condena de la prostitución, derecho de los niños a conocer a su progenitor, por tanto, derecho investigación de la paternidad, también la modificación del artículo 23, para que la mujer no perdiera su nacionalidad si casaba con un hombre extranjero. Más difícil, y causa luego de los problemas fue el artículo 25:

No podrán ser fundamento de privilegio jurídico, el nacimiento, la clase social, la riqueza, las ideas políticas y las creencias religiosas.                                                                                                              Se reconoce en principio la igualdad de derechos

Sutilizas legales, la afirmación de Clara Campoamor fue que  ese en principio contradice lo anterior, pues o bien se incluye el sexo en la primera premisa o bien no puede entenderse como igualdad si va precedido por en principio, ya que “se trata de una declaración en constante devenir que a cada paso, a cada conquista debería ser examinada discutida y aprobada o no, según la disposición de ánimo de los otorgantes en turno(p.53).No logró Campoamor la modificación del texto y pasó así a la cámara en junio  y a discusión  en el parlamento en agosto. Una de las aportaciones más   valiosas de este texto es la publicación integra de los discursos pronunciados defendiendo sus tesis o rebatiendo las contrarias que la demuestran como brillantísima oradora, polemista humilde y no obstante contundente y eficaz. El concepto de Derecho, entendido desde la razón de las leyes y su justicia, atraviesa todos los discursos pronunciados en el Congreso y los argumentos que va a esgrimir en la defensa de la incorporación de las mujeres con pleno derecho a la República. Entiendo que son documentos históricos. Su situación privilegiada añade a las mujeres que la precedieron en la lucha por la igualdad la profesionalidad de la abogada que conoce la argucia de las leyes y de los parlamentarios y maneja la oratoria y sus recursos, el tesón de una luchadora que se está midiendo en igualdad profesional con sus contemporáneos masculinos segura de sí misma y de la razón justa de su lucha. Y lo hace utilizando las plataformas que le brindan estar en el Congreso en igualdad con los hombres, militar en un partido político, El Republicano Radical, que inicialmente, aunque luego se echen atrás, la respalda e imagino que también por formar parte de la masonería española que tanto peso tuvo en su partido y en la II República.

Terminó este texto en 1936 antes de exilarse a París y posteriormente a Buenos Aires. No parecía hasta el momento de presentar para su votación definitiva en las Cortes el artículo 36 que iba a encontrar aparente oposición al voto de la mujer, tal y como lo planteaba la Comisión Constitucional. Sánchez Albornoz, primer interviniente por Acción Republicana estuvo conforme, ya que coincidía con el programa de su partido. También Gordon Ordás, del Radical, que afirmó que la mujer había sido víctima de la familia, de la tradición eclesial y del Derecho Romano. Fue un diputado del propio partido Radical, Álvarez Buylla, el que inició la controversia afirmando que la mujer española que cantó Gabriel y Galán merece respeto, pero que era retrógrada y un peligro para la República, ya que sufría la influencia de la sacristía y del confesonario. Así se inició en la Cámara la oposición al voto femenino. La postura del oponente avivó la polémica y cosecho muchos partidarios de la negación del voto. Con respecto al criterio de algunos diputados de que la mujer votaría aconsejada por el confesor, Campoamor afirmó que “En otras partes, digo yo, está el peligro del cura de la reacción, no en la mujer (P.109) y rebatió Campoamor al oponente en un extenso discurso e inicia el discurso con “Ciudadanos diputados”, un recuerdo de aquella ciudadanía que para su país consiguieron los ilustrados franceses y que, es mi opinión,  en el espíritu que anima a la diputada los recuerda. Les acusa de que, “en vez de imponer la doctrina de Cristo, hicisteis, como dice admirablemente Kéller, un pacto con el trono, y los pactos del altar con el trono, como él agrega, se han hecho siempre a beneficio del trono y con desdoro del altar “(p.68)

Son varios los argumentos y las bases del discurso de defensa que va esgrimiendo frente a sus opositores: Defensa de una República de todos los ciudadanos sin excepción. Defensa de la República como símbolo de racionalidad y derechos cívicos frente a la Monarquía. Defensa del laicismo frente al pensamiento religioso confesional en las instituciones. Defensa de los derechos de la mujer como ciudadana a participar en la República con igualdad con los hombres, sin condicionantes que aplazaran sus derechos, por tanto, al derecho de voto. Si eran iguales ante la ley, no podía existir ni condicionantes ni aplazamientos. Condena de la dualidad hombre mujer en la farisea presunción del hombre laico y liberal que confundía de talante igualitario con lo que era un desprecio y minusvaloración de la mujer Uno de los argumentos por parte de los diputados oponentes que más se escuchó es que, si la mujer hacía peligrar la República, había que aplazar para otras circunstancias mejores su derecho al voto. Campoamor tomó el turno réplica a cada intervención con distintos argumentos que apuntalan su defensa, afirma frente al señor Guerra del Río que quería aplazar la decisión del voto para otro momento: “Una mujer, dos mujeres ¡qué hacen en un parlamento de 465 diputados? Dar una nota de color, prestarse a una broma, es decir, contribuir a ese falso principio de igualdad de los sexos, ese que, como verdadero habéis votado ayer, señores diputados ( p.111) Al conservador  Ossorio y Gallardo contestó que España no podía ser una República aristocrática con beneficio para los varones (p.71) Se oponía también Acción Republicana y D Pedro Rico apoyaba su argumentación en que la legislación existente no podía resolver de un plumazo y convertirse en Derecho constitucional ya que la mujer había vivido en la esclavitud de la sumisión y no estaba preparada ( p. 112) Victoria Kent del partido Radical Republicano Socialista que se oponía a que figuraba el sexo en la enmienda y que Campoamor entiende como una argucia para oponerse luego en a votación definitiva, como así ocurrió, cuando  negó el voto de la mujer en igualdad de condiciones que el hombre, ya que con criterios selectivos ( es opinión mía) estaba de acuerdo en otorgar el voto a las mujeres obreras o a las mujeres profesionales, pero no a las mujeres comunes y corrientes, pues según ella, no tenían criterio. Hubo discursos tan atávicos algunos con ideas tan peregrinas (es opinión mía) con que el hombre debería votar a los 23 años y la mujer a los 45. Y quien cito el histerismo femenino. Como Kent, el D Rico consideraba que darle el voto era un peligro electoral

Dio apoyo a las tesis de Campoamor doctor Juarroz que afirmó que “las mujeres constituyen más de la mitad de la nación y no es posible hacer una labor legislativa seria prescindiendo de la mitad de la población. El partido Socialista estuvo dividido.  El discurso de la incapacidad de la mujer por falta de conocimientos políticos tuvo muy buena contestación por el D Ovejero, diputado del partido Socialista que afirmó que “en tiempos anteriores también se decía que los obreros no estaban preparados para votar, por falta de conocimientos y cultura y que los que implantaron el sufragio universal no pensaron en su incultura sino abrir con el derecho al voto una escuela de ciudadanía. Las versiones favorables al voto de la mujer, dice Campoamor, en el Partido Socialista, lo fueron en contra del muy influyente socialista Indalecio Prieto que siempre estuvo en contra e intrigó en su propio partido para impedir el voto afirmativo que abandonó la definitiva sesión del Parlamento.

En todos los textos de defensa de Campoamor existe la mitificación, o el símbolo de la República como logro máximo conquistada por todos y para todos, logro de lo que no había otorgado ni la Monarquía ni la dictadura, asegura, era bueno ganar a la mujer para la República. Como pensaron los constituyentes franceses, es opinión mía, tenía el convencimiento la diputada de que es la ciudadanía el derecho fundamental de la República española y la igualdad la base de esa ciudadanía. Mi intuición es que siempre tuvo como modelo el ejemplo de la I República francesa y quiso, al contrario de lo que había sido aquella, incluir en ella los derechos también de las mujeres que aquella excluyó.  Ese sentido de ciudadanía sin exclusión lo utilizará en su contestación a la enmienda presentada por Victoria Kent…que no hay tanto de la idea de feminismo “como la idea de ciudadanía, como el deseo de cooperar es establecimiento de este régimen que se han dado todos los españoles, pero al cual han construido en tantas formas y aspectos la mujer en las luchas por la República (p.93)                  Entiende el feminismo como idea del humanismo

Digamos también que la definición de feminista con la que el vulgo, enemigo de la realización jurídica y política de la mujer, pretende malévolamente indicar algo extravagante, asexuado y grotesco, no indica sino lo partidario de la realización plena de la mujer en todas sus posibilidades, por lo que debiera llamarse humanismo; Nadie llama hominismo al derecho del hombre a la completa realización” (p. 319

Recomiendo vivamente a los interesados y a las interesadas la lectura del documento histórico de este texto de Campoamor, ya que fuera de la manipulación de lo que hoy todos consideran suyo, la autora muestra cuando hubo de tesón en quien lo defendió y cuanto de manipulación en los que hoy día barren para casa. Y afirma la diputada que votaron a favor los socialistas, por la defensa del S. Ovejero a la cabeza, y las excepciones de algunos diputados que siguieron el ejemplo de Indalecio Prieto y abandonaron la sala. A favor todos los catalanes, de todos los matices en exclusión del S. Ayuso y Marcial que votaron en contra.  A favor Galleguistas; al servicio de la República; Progresistas y los partidos de derecha con los votos en contra de Royo Villanova y Lamammié de Clairac. En contra Partido Radical, Acción Republicana, Partido Radical Socialista con los votos a favor de Ruiz Funes, Villalobos, Barnés y Campoamor y del gobierno Alcalá Zamora, de los Ríos, Casares y Largo Caballero.  Se saldó a favor del sí por 20 votos. Prieto afirmó que se había dado una puñalada trapera a la República Era el 1 de octubre de 1931.

 La votación ganada promovió el escándalo y la algarabía en las Cortes y en los medios de comunicación y en la opinión pública, los más exaltados eran los republicanos radicales y los republicanos radicales socialistas que, como represalia, aseguraban que no harían ninguna concesión cuando hubiese que discutir las relaciones de la Iglesia con el Estado. Todos, también los de y los de Acción Republicana, consideraban que era el voto femenino un peligro para la República. Campoamor acusa de la agresividad que mostraron hacia ella sus compañeros, los burgueses republicanos a los que considera fariseos reaccionarios. La prensa se hizo eco de la controversia. No faltaron los ataques jocosos con falta de respeto a la ponente y las risas al hablar del debate de las dos abogadas, Kent y Campoamor. Los nombres que da Campoamor a favor del voto femenino nos hacen constatar que las cabezas más preclaras eran partidarios, entre otros Gregorio Marañón, o Claudio Sánchez Albornoz., Salvador de Madariaga, Ángel Ossorio y Gallardo, Niceto Alcalá Zamora, Melquiades Álvarez, Luis Jiménez de Asúa, Francisco Giner de los Ríos, Francisco de los Ríos, José María Gil Roble o Francisco Largo Caballero.

Pero disconformes con el resultado, y empecinados en que no fuera definitivo, buscaron los descontentos partidos republicanos nuevas tretas para obstaculizar el voto con una fórmula que limitara las constitucionales, presentando tres artículos adicionales a la Constitución, uno de ellos condicionando el voto femenino, presentado por en radical Sr Peñalba. Proponía que la mujer no pudiera votar hasta no haberse celebrado por dos veces elecciones municipales. Nuevamente Campoamor defiende en las Cortes la vigencia de lo ya votado, pidiendo a la Cámara el compromiso de no invalidar lo que ya estaba votado y defendiendo no ya el voto femenino sino la propia Constitución. Tras los debates, se requirió una nueva votación. Esta nueva votación no contó con las derechas, dice Campoamor, por haberse retirado de las Cortes en disconformidad con la política religiosa del Gobierno, lo que dio como resultado la victoria del sí, pero más ajustada. 131 votos contra la enmienda y 127 a favor. Campoamor da los nombres y el sentido de voto de los diputados. De la división de la Cámara da fe el nombre de los diputados, pues pese a su prestigio y su talante liberal eran partidarios del aplazamiento los institucionistas Francisco Giner de los Ríos, Eduardo Ortega y Gasset, y Claudio Sánchez Albornoz. Era el 1 de diciembre de 1931.

Rechazada y denostada pero todavía en el partido Republicano Radical Campoamor cuenta que perdió el escaño por Madrid en las elecciones de 1933. Es interesante leer sus reflexiones al respecto, acusa el fracaso de las izquierdas a su división, pero no hace reproches a la mujer por no haberla votado. Creo que este texto que hoy traigo, y que merecería más espacio, debería leerse para poder opinar con justicia sobre los merecimientos de la autora que casi en soledad luchó por conseguir el voto femenino. Tal vez resumo mal, pues todo lo que he recogido me resulta importante. Creo que el texto escrito por Clara Campoamor sirve para recordar quien votó a favor y quien no lo hizo, sin mentiras ni manipulaciones. Frente a la incomprensión social de los propios republicanos, pensó más en la Justicia de la Ley que en sí misma, en el Derecho a la igualdad que en el feminismo. Pero mi reflexión sobre su feminismo es clara: No es feminista todo el que presume de serlo, es feminista porque luchó desde el puesto que mereció por su esfuerzo en la vida por la dignificación de sus semejantes. Pensó como jurista y sintió como mujer, Creyó en la República como habían hecho los constitucionales de la Revolución francesa de la I República , por eso en otra de sus publicaciones habla de “La Revolución Española Vista Por Una Republicana”. Idealizó la República frente la Monarquía. Quiso integrar en la Constitución de 1931 a las en igualdad merecían ser dignificadas, y que no lo hicieron los Constituyentes franceses ni las Cortes de Cádiz. Sus argumentos son los de una ilustrada que, como los ilustrados defiende la libertad y la igualdad. Pero su sentimiento, que impregna sus razones son las razones feministas.

“Ni mi actuación anterior a las posibilidades que ofrecía la República, ni mi pensamiento al defender el voto en el parlamento, obedecieron principalmente a un convencimiento típicamente feminista, aunque esta sea su lógica traducción (p.319

    Fue primera y hasta ahora única mujer ponente de una Constitución española. Ni tan siquiera ocurriría lo mismo en la Constitución española de 1978

sábado, 17 de octubre de 2020

SEPTIEMBRE

SEPTIEMBRE, 24




 

 Todavía no había terminado septiembre, acababa para mi el día 24. El 25 tomaba yo las de Villadiego camino de Madrid con mi maleta, o de Granada o de Pamplona. Diez días antes de la Virgen del Romero- segundo domingo de septiembre-  se celebraba el decenario  y después empezaban las fiestas de Cascante. Me gustaba el decenario por la música sacra de los gozos, cada día distintos, algunos muy bailables. Íbamos de mocetes la pandilla al final de la misa con sermón desde el púlpito, y de la novena, a escuchar los gozos y a cantarlos:"Aunque la cuesta es pesada para subir a este templo " Entonces no, ahora se me hace pesadísima. Creo que, adolescentes, en eso éramos castizos y nos sabíamos de memoria los tonos de los gozos con su estribillo y la letra del himno que aún suelo cantar sin equivocarme. Cantarlo a voz en grito era nuestra debilidad. La música del himno, me enteré más tarde, era de Fermín Irigaray y la letra de José María Sanz; y los gozos cascantinos de diverso pelaje, tiempo de ilustración o romanticismo, regalos hechos para la Virgen del Romero por  el Alemán o por Alfonso de Lotelleríe y de Fallois, cascatino que también compuso zarzuelas y murió en Méjico; o por otros. No sé si recuerdo bien, pero quizá todavía sonase el órgano.  Septiembre daba entrada a todo eso y a las fiestas y, porque éramos  refinos en un pueblo ciudad como el nuestro,   no eran carros lo que cerraban el círculo de plaza para las dichosas vacas sino palcos aristocraticos de colores pegados a las casas. Ha cambiado ahora casi todo y no parece septiembre, no hay tantos curas, ni hay púlpitos porque los arrancaron de cuajo, ni suena  el órgano sino el armonium; y aquellas tías nuestras que asistían cada día devotas a los oficios del decenario ya no existen. Los Cuquis y Laurita, que eran ingeniosos y gamberros, las llamaba "el frente de juventudes", porque todas eran añosas, aunque risueñas y divertidas, y se sentaban juntas al entrar y salir a la basílica en los adosados bancos de piedra que franquean la entrada al Romero. Allí, mis tías y las otras tías de todos. El frente de juventudes hoy seríamos nosotros. De lo que fue pandilla unos se fueron definitivamente, otros van y algunos ya no vienen. De los palcos solo quedan algunas fotos viejas que amarillean y demuestran lo que fue y que se fue, como las hojas juguetes del viento, que diría Espronceda. Y tampoco los ricos helados de fuchina de la Sierra y las manzanitas rojas de caramelo de la Cristinica y los pepinillos en vinagre de la Morena, que a mi me gustaban mucho más que las vacas.

No sé muy bien porqué septiembre me recuerda todavía imágenes aún más antiguas, como la mesa cuadrada del cuarto de estar de mis tías, con quienes vivíamos con mi madre de pequeños, y las blancas fuentecillas de pimientos rojos, verdes, remolacha, pepino, rabanitos , tomate , cebolletas, salpicando de alegría el mantel. O aquellos pimientos pajarillos a los que mi tío Antonio le cortaba el copete con su ritual para echar aceite y vinagre y sal, agitarlos y comerlos a dedo y a la mordiscos. O aquella achicoria cocida por la que me castigaban sin comer y sin postre. Todo aquello era en septiembre.Y la huerta. Y Pirulo.

^Luego septiembre fue casi solamente el día 24, la virgen de las Mercedes, cumpleaños de una de mis tías, Mercedes. A partir, creo que fue de los 70 de mi otra tía, Isabel, por eso de que no sabíamos si al año siguiente podríamos contarlos toda la familia, nos convocaban en sus cumpleños. No olvido nunca esas fechas, aunque ya nadie, excepto mi hermano y yo quedemos. Ah, también vive Chelo. Primero presidió Tío Jesús, para entonces tío Antonio, primero, y luego tío Angel ya no estaban. Los primos  Juan Mari y Nancho, Pili y Luis, Manolo y Maruja  Miguel y Chelo, José Javier y yo, allí estábamos, aunque nunca venían desde San Sebastian José Marí y Terete. La comida en el comedor grande seguía con cierta liturgia, aunque menos solemne que lo que un día fueron aquellos días de celebraciones. Añoro las menestras de Lucía, nunca las probé más ricas, tampoco sus pimientos rellenos de marisco con receta del OPUS. La tarta de hojandre la traía nuestro cura, D José, de Calahorra. Me gustaba ponerme en el esquina derecha de la mesa con los primos más cuchipanderos y todas las fuentes acababan y las bromas empezaban a nuestro costado, en eso me parezco a lo más informal de la familia, a nuestro lado siempre había risas. No lo sé, no entiendo bien por qué, pero aquellos banquetes forman parte de lo más entrañable de mi memoria, mis maravillosas tías y nuestras reuniones familiares. Quizá porque estábamos todos y nadie discutía, quizá porque estrechábamos en cada cumpleaños los lazos de familia. Uno a uno se fueron. Así que  hoy, 24 de septiembre, es casi inevitable, los recuerdo, aunque no lo pretenda. Y porque ya sólo quedan sus sombras luminosas en mi comedor grande, nada importa si estoy o ya no estoy el día 24 de septiembre en Cascante: Muchas felicidades.

Blog de crítica literaria y mujerestps://fueronuntiempo.blogspot.com

 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Sobre Beatriz Galindo y Almudena de Arteaga

 

Beatriz Galindo, la Latina, maestra de reinas, Almudena de Arteaga, Edaf, Madrid, 2007
 
Maestra y humanista, Beatriz Galindo dictó lecciones en la Universidad de Salamanca de Latín y enseñó la lengua del Lacio a Isabel la Católica y a sus hijas Isabel, Juana, María y Catalina, futuras reinas de España, Portugal, Flandes e Inglaterra. Considerada la primera docente, el nombre de la humanista designa a todo un barrio de Madrid donde la Latina construyó sus fundaciones y  presta el nombre  a un prestigioso Instituto de Enseñanza Media .


La autora
Almudena de Arteaga es licenciada en Derecho por la Universidad Computense de Madrid y diplomada en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria por el instituto Salazar y Castro. Colaboró como documentalista en La insigne orden del Toisón de Oro y en el ensayo histórico La Orden Real de España Es autora de las novelas históricas: La Princesa de Éboli; La Beltraneja, el pecado oculto de Isabel la Católica; María de Molina, tres coronas medievales; El desafío de las damas; Cenizas de plata y sangre; Catalina de Aragón, reina de Inglaterra. El Marqués de Santillana; Capricho; Por amor al Emperador; La estela de un recuerdo; La esclava de marfil; Ángeles custodios. María de Molina; Bodas imperiales; Leonor, con Nieves Herrero; La vida privada del Emperador; Eugenia de Montijo; y la novela histórica que hoy reseño Beatriz Galindo la latina. que hoy traemos al blog..
Saga de ilustres
Incluyo en el currículum de Arteaga que es duquesa del Infantado y marquesa de Santillana, lo que en este caso me parece reseñable aunque no sea propiamente su currículum sino la responsabilidad de su herencia histórica, pues la autora pertenece por familia a una saga de ilustres personajes históricos y escritores ya desde el pre- renacimiento, así Iñigo López de Mendoza, I. marqués de Santillana fue autor de las entre otras de Doctrinal de Privados, Refranes que dicen las viejas tras el fuego Las serranillas”, Cantares e decires y Prohemios; y también poseyó una importante biblioteca que luego pasaría a la casa de los Osuna con quienes emparientan. A su vez, era tío de Jorge Manrique y pariente de Garcilaso de la Vega. Entre los ascendientes de Almudena de Arteaga, Pedro López de Ayala, autor de la obra satírica Rimado de Palacio, El libro de la caza de las aves, y “Crónicas de los reyes de Castilla. Familia de escritores y guerreros y fiel Santillana a Juan II de Castilla, a ese rey debe el título de marqués de Santillana. El primer hijo del marqués recib el título de I duque del Infantado y el segundo hijo el de I conde de Tendilla. Otro hombre de estado fue el cardenal Pedro González de Mendoza, sexto hijo del marqués de Santillana, fervoroso defensor de la Católica y padre según ella de “dos hermosos pecados”Rodrigo e Íñigo. No me es indiferente, nacida esta que escribe en la Ribera de Navarra, que de la saga sea el venerable Juan de Palafox y Mendoza, mecenas y escritor, obispo de la Puebla de los Ángeles en México y de Osma, nacido en Fitero. Saga fueron los Mendoza, genealogía de la escritora, de mujeres cultas e importantes como María de Mendoza, mujer del comunero Padilla, la princesa de Évoli, Ana Mendoza y de la Cerda, a la que Felipe II condenó en reclusión por acusarla de conspiración con Antonio Pérez en el asesinato de Escobedo. Continuando la saga de escritores y notables mecenas, en épocas recientes, Cristina de Arteaga y Falguera. Monja jerónima, escritora, investigadora y licenciada en Ciencias Históricas en la Complutense de Madrid disciplina de la que obtuvo el doctorado (1922) fue de las pocas mujeres aristócratas que en esas fechas de primer cuarto de siglo XX cursó el bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros, se matriculó en la Universidad Complutense y obtuvo un doctorado universitario. Presentó la tesis doctoral D Juan de Palafox y Mendoza; por su brillante expediente académico se le concedió la Gran Cruz de Alfonso XII. Coetánea de la generación del 27, aunque muy alejada de sus presupuestos, fue autora de un libro de poesía, Sembrad, en 1924. Ejerció la investigación histórica, al mismo tiempo que la vida religiosa en la Orden Jerónima de la que ejerció de priora en el convento de Santa Paula de Sevilla. Son trabajos de investigación de su autoría: La casa del Infantado, cabeza de los Mendoza; Borja; Sembrarse; La vida plural y dinámica del marqués de Santillana; Beatriz Galindo la latina; María Dolores Márquez, fundadora de las filipenses Hijas de María Dolorosa; Una mitra sobre dos mundos, D Juan de Palafox y Mendoza, Obispo de Puebla de los Ángeles y Osma; A su munificencia se debe que esté en pie y habitado por monjas jerónimas el monasterio renacentista de San Jerónimo de Granada, mi convento favorito, allí he meditado en su silencio, recreado la Historia, contemplado el sepulcro del cardenal Talavera – el santo Alfaquí- y admirado las trazas renacentistas de la primera obra granadina de Diego de Siloé. Sor Cristina de Arteaga, heredera del magnífico Carmen de los Mártires de Granada, lo cedió al Ayuntamiento a cambio del convento desamortizado de las Jerónimas que mandó restaurar. Sor Cristina no abandonó el rigor y el trabajo de investigación de su carrera universitaria, fue académica correspondiente de la RAH, y de las Buenas Letras de Sevilla, numeraria de la Academia de las Buenas Artes de Sevilla y Medalla de Oro de Granada.
Tal vez por todos esos muy respetables e ilustres personajes que la anteceden, Almudena de Arteaga es respetuosa con la Historia al escribir novela histórica como la que hoy traigo al blog, e inventa poco, más bien se apoya en ella para divulgarla respetuosamente y utiliza los fuentes documentales con rigor amoroso. Al menos así lo hace en Beatriz Galindo, la latina, con la que tiene lazos familiares. El archivo de la Casa del Infantado se encuentra en el Archivo Histórico Nacional.
 
Beatriz Galindo, La Latina. Maestra de reinas
Editorial Edaf, Madrid, 2007, premio Algaba 2007, otorgado por la editorial EDAF con Ámbito cultural El Corte Inglés.
Libro de recreación y, al mismo tiempo de investigación, Arteaga recoje todos los datos documentales existentes sobre Beatriz Galindo, pese a que gran parte de los legajos relativos a la Latina y a Francisco Ramírez de Madrid, su marido, y a las fundaciones del matrimonio, se perdieron en el expolio sufrido por las monjas de la Concepción Jerónima en su convento de Lista en la guerra civil. Apoya su texto en los biógrafos de Isabel la Católica, Fernández de Oviedo y Pérez del Pulgar, en legajos que se conservan en el Ayuntamiento de Madrid, el Archivo General de Simancas y el Archivo de la Nobleza de Toledo, así como en estudios biográficos previos, como el de su tía abuela Cristina de Arteaga, o de Félix De los Llanos y Torriglia sobre Isabel Galindo y el de Pedro Andrés Porras, sobre el Artillero Francisco Ramírez de Madrid.
Narrado en tercera persona por una narradora omnisciente, la biografía traza un retablo del siglo en el que incluye los datos referentes a la protagonista. La longevidad de Beatriz Galindo le permite a Arteaga recrear los hechos más importantes de cuatro reinados: Enrique IV de Castilla y las luchas civiles entre los partidarios de Isabel la Católica y la Beltraneja; Isabel de Trastámara, su boda con Fernando de Aragón, sus hijos y las muertes de sus hijos Juan, Isabel y el hijo de aquella, Miguel, heredero de Portugal y España. Se extiende a guerra de Granada y la toma; la rebelión de los moriscos en las Alpujarras; los viajes de Colón a las Indias; la sucesión del reino a la muerte de Isabel y la enfermedad de Juana la loca; la llegada de Carlos V, la lucha con los comuneros; el nacimiento de Felipe II. Todos los datos históricos están narrados con agilidad por Almudena de Arteaga como fondo a la historia de Beatriz Galindo, profesora de Latín de la reina Isabel y sus hijas que viv y acompañó en la corte itinerante a la reina hasta su muerte en 1504. Posteriormente a la muerte de la reina, la Galindo vive en Madrid su propia independencia, y dedica su afán a las fundaciones estipuladas por su esposo en el testamento.
Beatriz Galindo, nació en Salamanca, ciudad universitaria por excelencia, en 1465 y vivió en la actual calle de la Latina nº11. Afirma la biógrafa que fue hija de un caballero de origen italiano oriundo de Zamora, Gricio, descartando otras identidades atribuidas. Destinada al claustro conventual a los 14 años, posiblemente por la escasa fortuna de su padre y la imposibilidad de dote, su curiosidad intelectual, el espíritu renacentista propio de la época, la estela universitaria de estudio que la ciudad destilaba, - e imaginamos también que la facilidad frente al latín por el origen italiano de su familia- la impulsó a aprender la lengua de Lacio, que en el Renacimiento era el lazo que unía a la alta cultura con la antigüedad clásica. Debió frecuentar desde el claustro las bibliotecas de la Universidad y de los colegios mayores, y movida por el afán de saber, aprender Latín a través de un diccionario y de los textos latinos, ya que el idioma de los libros académicos, tanto de ciencia como de teología y sagradas escrituras, estaban escritos en latín. El dominio de esa lengua hizo que Beatriz Galindo, pese a lo no habitual de la presencia femenina en la Universidad, pudiera dictar lecciones, en ausencia de alguno de los cátedros.
No era Galindo la única mujer que se interesaba y aprendía Latín para leer directamente los libros de filosofía y teología. Un pequeño círculo de mujeres aparecieron por primera vez en la historia como protagonistas de su propia erudición, nada común en otros ambientes que no fueran los renacentistas cultos. Entre ellas Francisca de Nebrija, hija de Helio Antonio de Nebrija, Florencia Pinar, de la que se conservan poemas, Isabel Vergara, Cecilia Marello, Alvara Alba, Lorenza Méndez de Zurita, Francisca de los Ríos y Luisa Sijea, conocida como “la Mineva” por su sabiduría de los clásicos. Almudena de Arteaga añade además los nombres de Juana de Contreras, María Pacheco, Lucía Medrano y Mencía y María Hurtado de Mendoza, hijas del conde de Tendilla, y nietas del marqués de Santillana, todas ellas citadas por Lucio Marineo Sículo en Ginecaerum Hispaniae Minervae. Isabel la Católica, ya reina, impulsó ese cambio de mentalidad en la mujer, fue consciente de su falta de preparación y quiso desdecir al cardenal Carrillo que, soberbio, afirmó:”Yo saqué a doña Isabel de hilar y la volveré a la rueca”(p. 34)
La fama de Beatriz Galindo se había extendido fuera de los claustros y de la ciudad de Salamanca. Iba a cambiar sus hábitos de novicia y jurar sus votos como religiosa, cuando fue llamada por la reina Isabel como profesora de latín de ella y de sus hijas. En 1485 La reina tendría 34 años, 20 Galindo, 20, Isabel 15, Juana 6, María 3, todavía no había nacido Catalina ; el príncipe heredero Juan tenía sus propios profesores de Latín, sus preceptores y corte. Abandonó Galindo Salamanca para ir a Madrid, ser maestra de la reina y de sus hijas de Latín y acompañar a la reina Isabel en su corte itinerante. ¿En calidad de maestra? Los documentos que la citan, escribe la biógrafa, siempre lo hacen como “criada” y no “dama”, aunque las múltiples donaciones y distinciones otorgadas por la reina muestren su cercanía como consejera muy estimada por la Católica. No solamente enseñó la asignatura, dice Arteaga, sino que a ella misma se le atribuye la escritura de los Comentarios sobre Aristóteles, Notas sabias sobre las antiguas, y las Poesías latinas, textos todos ellos perdidos. En cuanto a su trabajo como maestra, debió la reina aprender Latín correctamente, ya que en el inventario su biblioteca a su muerte constaba de unos 200 libros, y abundaban los escritos en esa lengua. Con respecto a las princesas, es sabido que su conocimiento de la lengua las hizo famosas en las cortes europeas.. La distinciones dadas por la regia alumna a la profesora latina se incrementaron con la elección por la reina Isabel hacia 1491 del que debía ser esposo de Beatriz, un importante artillero que la doblaba en edad: Francisco Ramírez de Oreña, o Ramírez de Madrid, llamado el Artillero. Pero eso sería seis años más tarde. de la llegada de Galindo a Madrid para enseñar a la reina y a sus hijas, trabajo al que se consagró con buenos resultados, además de acompañarlas en sus desplazamientos.
Francisco Ramírez de Oreña, futuro esposo de Isabel Galindo, había nacido en Madrid; fue hijo de un hidalgo montañés de San Vicente de la Barquera. La vida y los méritos del Artillero desde su inicio en el ejército es seguido con precisión por la autora de este trabajo, que refleja documentando las batallas ganadas. Era la artillería un avance estratégico militar que estaba trasformando el arte bélico y el Artillero era un buen estratega, llegó a construir sus propios artefactos, siendo premiado económicamente y con donaciones de tierras por sus actuaciones. Sus primeros hechos de armas se remontan a las contiendas de Enrique IV. contra D Álvaro de Luna y continuaron después en la guerra civil entre la Beltraneja e Isabel la Católica. Batalló el Artillero inicialmente a favor de la primera, aunque cambió a las huestes de los partidarios de Isabel y, ganada la contienda, se le recompensó con 80.000 maravedís y se le nombró secretario del Consejo. Su actuación con las tropas de los Reyes Católicos se prolongó hasta su muerte en la Reconquista contra los moros, y sus hazañas le hicieron rico en tierras y bienes, al protagonizar tomas de ciudades estratégicas como Loja, Velez – Málaga, Guadix o Baza. Recibió tierras de la conquista, mercedes honoríficas y dotaciones económicas por ello y fue armado Caballero por el propio rey Fernando. Posiblemente, explica Arteaga, debió el artillero casarse con Beatriz Galindo tras la conquista de Granada en 1492. Era hombre de mérito, mayor y viudo, tenía seis hijos de su primera mujer, pero las condiciones del contrato matrimonial, dictado a orden de la reina, iban a beneficiar a los descendientes del segundo matrimonio, si los hubiera. Almudena de Arteaga publica el documento de las capitulaciones matrimoniales.
Pronto el artillero fue canciller real, pasando por sus manos importantes documentos, igualmente su posición de ventaja le facilitó acrecentar sus bienes con tierras compradas a bajo coste tras la expulsión de los judíos o incautadas a los moros, engrandeciendo su patrimonio. Fruto del matrimonio fueron dos hijos que Galindo alumbró desplazándose a Madrid, Fernán y Onofre; al primero los reyes le nombrarán canciller de la Orden de Alcántara y paje del príncipe Juan. A la muerte del príncipe serían ambos hijos nombrados pajes de la reina. El artillero siguió ascendiendo y acumulando honores y Beatriz Galindo recibiendo en sus hijos y en ella misma mercedes de la reina. En 1501.La lucha contra los moros en la sublevación de las Alpujarras ocasionó la muerte del Artillero en una emboscada. La publicación da cumplida cuenta del testamento de Fernando Ramírez de Madrid. Refrendaba el documento la fundación del mayorazgo de Bornos para su hijo Fernán y un segundo mayorazgo para su hijo Nuflo o Onofre, y dejaba en pie la fundación del Hospital de la Concepción de Nuestra Señora de Madrid para servir a las necesidades de los pobres, teniendo además una capilla o iglesia., un cementerio adyacente y una cofradía Fue aprobado por Alejandro VI.
Continuó Galindo acompañando a la reina Isabel cuatro años más, conoció las tensas relaciones de la reina con su hija Juana, heredera del reino por la muerte prematura del príncipe Juan, único hijo de los reyes y del hijo de la primogénita fallecida Isabel, el príncipe Miguel, que acompañaba a los reyes y que está enterrado en Granada en la cripta de la Capilla Real al lado de los restos mortales de sus abuelos. Los disgustos familiares fueron la tónica de esta última etapa del reinado de Isabel la Católica hasta su muerte de en Medina del Campo en octubre de 1504. Beatriz Galindo estuvo presente en su agonía, tal y como muestra la pintura de Eduardo Rosales”El testamento de la Reina” acompañando a su muerte el cadáver a Granada, para darle cristiana sepultura; Yacía cubiertos por una losa de mármol blanco en el convento de San Francisco de Granada, hoy Parador San Francisco, donde aún puede contemplarse la losa. Posteriormente los cadáveres de Isabel y Fernando de Aragón fueron trasladados por su nieto Carlos V a la Capilla Real de Granada.
Acabada esta etapa, Beatriz Galindo volvió a Madrid, dispuesta a llevar a término dos deseos fundacionales del Artillero, sobreviviendo a la reina Isabel durante treinta y un año. Tuvo su residencia en una casa de una planta de estilo plateresco coronada por los escudos de los Galindo y los Ramírez de Madrid, en la actual calle de Concepción Jerónima, al lado del donde estuvo el monasterio de una de sus fundaciones. En una parte de aquellas ruinas se alza el palacio de Viana, sede del ministerio de Asuntos Exteriores. Su otra fundación fue el Hospital de la Orden Franciscana de la calle Toledo, hoy parte de ello es el famoso teatro La Latina .De carácter fuerte defendió Galindo sus criterios no dudando, incluso llevando a juicio a las órdenes religiosas a las que las que ella había favorecido. Lo hizo también frente a sus descendientes. Murió en Madrid en noviembre de 1535, su testamento es uno de los documentos que aporta esta biografía.
Almudena de Arteaga ha investigado los lugares, las casa, las escrituras, los emplazamientos donde la Latina edificó sus fundaciones, las actas fundacionales y patronos, los problemas surgidos entre la Orden Jerónima y los Franciscanos, los problemas familiares habidos, el cuadro genealógico de sus descendientes. De la Latina descienden el conde de Bornos y el duque de Rivas. Maneja documentos y publica fotografías de lo que fue y no existe, ya que quedan solamente los datos de dónde fueron edificados, las ampliaciones urbanísticas que hicieron imposible su mantenimiento. Entendemos que ese trabajo de investigación de seguimiento es tan importante como los datos biográficos anteriormente expuestos, ya que maneja información de las fuentes y reproduce planos y documentos que demuestran su capacidad de investigadora. Aporta también los retratos pictóricos de Isabel Galindo y Francisco Ramírez que se conservan, no expuestos al público, en el Museo Lázaro Galdeáno de Madrid, la fotografía de los sepulcros vacíos que se conservan en el Museo Municipal de Madrid, y que La latina destinó para las sepulturas de su esposo y la suya propia, aunque no la ocupara y se enterrara discretamente, como su señora la reina Isabel, pues lo hizo en el claustro del coro de la Concepción Jerónima de Madrid en la actual calle Concepción Jerónima Sus restos mortales se conservan en el convento de la Concepción Jerónima en el Goloso, Madrid, edificio conventual al que fueron trasladados después del expolio de la guerra civil y de la venta del Convento de la Concepción Jerónima de la calle de Lista,

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