domingo, 9 de diciembre de 2018

Carmen Baroja Nessi:I Recuerdos de una mujer de la generación del 98,



Asistí a la presentación en Pamplona de la obra de Carmen Baroja en el Casino Principal Con voz propia. Pensé que debería escribir sobre ella, pero me asaltaba la duda de si debería empezar desde el principio, desde el día que en la Residencia de Estudiantes cené con Antonina Rodrigo y Amparo Hurtado y otra profesora ¿Varela? y la doctora Hurtado nos contó estaba trabajándolo para publicar el diario de la Baroja. El tema de la publicación del Diario me interesó por la personalidad de la biografiada y esperé a que el libro saliera. A veces ocurre que, si no estás atenta, publicaciones interesantes se agotan sin que puedas más tarde hacerte con ellas, así pasó con “Tres Barojas” que editó Pamiela y es irrencontable.

Empezaré por el principio, Recuerdos de una mujer de la Generación del 98. Barcelona, Tusquet , 1999 editado bajo la responsabilidad de Amparo Hurtado, catedrática de la Universidad Autónoma de Barcelona. ¿Quien era Carmen Baroja? Bien merecería llamarla como el segundo título de sus textos : una mujer “con voz propia”. Sus opiniones son absolutamente independientes, no se parece a nada ni a nadie. Ahora, al relerlo para subirlo al muro, siento el mismo asombro que cuando lo leí en 1999, porque Carmen Baroja era valiente en sus juicios sobre ella misma, sin un ápice de autocompasión, ni pedantería. Y era sincera en sus juicios sobre los personajes a los que conoció y con los que compartió la escena cultural de la época. Su imparcialidad desmitificadora y la desacralización de algunos, el parco y buen criterio sobre otros y su personalidad para mantener una opinión, casi siempre única y discrepante de lo que acostumbramos a leer sobre ellos, me dejaron perpleja. Esa forma tajante nada rencorosa, pero si crítica, de juzgar a personas famosas, algunas muy unidos a ella como sus hermanos Pío y Ricardo, la pedantería de algunos, la cursilería de otros, el arribismo de las y los republicanos. No se casa ni con cirios ni con troyanos, ni tan siquiera con ella misma, eso hace que resulte su punto de vista rápido, original y auténtico y desprovisto de prejuicios religiosos, políticos o sociales: Ortega, Marañón, Rivas, Azaña, Kent, Matilde Huici, Giménez Caballero, d Órs, Solana, Gómez de la Serna, Azorín, Aragoneses, Magda Donato son relaciones que a otra llenarían de vanidad, pero no a la Baroja.
El diario está escrito con posterioridad a los hechos (1943-1946) así que es interesante saber que etapas recoge y cuales las que, con un velo de misericordia o tristeza, evita.
Es una mujer cuyo sentido profundo de la vida da importancia a lo que realmente lo tiene para ella y que puede pasar de tocar el piano a cuidar cerdos. Se supone que una biografía puede utilizarse como justificación de lo que no gusta de la trayectoria propia, entonces no son al uso estos Recuerdos. Hace un balance de ella misma: “jovencita romántica, casada defraudada, egoista por pedirle a la vida más que lo que la vida le dio y al fin madre orgullosa y feliz vieja y mayor con sus hijos. No no es egoísmo ese “tedium vitae “que acusa”. Propio de la mujer del siglo XIX, es el mismo que el de las mujeres escritoras de principios de siglo, como el de una autora navarra de principios de siglo cuyo diario en este momento estudio, es la disconformidad con no poder tener un proyecto propio. Las mujeres de la burguesía eran educadas para señoritas casaderas, y educadas en música, pintura , idiomas y elegancia, así se la educó. Aunque no sea punto central esa protesta, existe la disconformidad con su falta de estudios, la despreocupación con que los suyos discriminaron con distinta vara de medir a hombres y mujeres, la moralina con que se educaba a las chicas totalmente distinta que la de sus hermanos, el egoísmo de éstos por dar por bueno el sinsentido. Mira con piedad a las casaderas y a sus madres; y hay rechazo de la situación. Tedio de vida también en un matrimonio convencional y al uso que no le dio cancha y la redujo:

Si hubiera tenido medios propios, en alguna ocasión hubiera agarrado mis hijos y me hubiera marchado, pero no tuve nunca medios, ni serví para ganar nada por falta de preparación, ni tuve coraje para intentarlo ni de soltera ni de casada. Probablemente, ha sido mejor (pg 45)

Su gusto era auténtico y la música y la pintura fueron más que una afición caminos de conocimiento que formaron en parte su carácter y, hermana pequeña, buscó en el contacto con sus hermanos ampliar el horizonte. Con Pío estuvo en París una temporada recorriendo museos y aprendiendo a desarrollar su verdadera pasión por la orfebrería, en la que llegó a ganar medallas, a pesar de que echó en falta una educación profesional que la ayudara a controlar el oficio. Con Ricardo compartió el taller y aprendió técnicas. Es 1926 etapa feliz porque participa en dos actividades que hace suyas, la creación del teatro El Mirlo Blanco en el piso de su hermano Ricardo y su mujer Carmen Monne y la fundación del Lyceum Club. La primera la sacó del aislamiento intelectual, que agudizaría más, pienso yo, su sensación de no ser comprendida ya que no fue compartida por su marido. Y la segunda fue importante para encontrar un espacio propio y darle la responsabilad de la dirigir la Sección de Arte del Lyceum club, de conocer a Luis de Hoyos, catedrático de etnografía, folklore y a artes populares de la Universidad de Madrid, y de compartir con un grupo inquieto de mujeres la necesidad de “una habitación propia”, aunque su espíritu crítico no le permit bajar la guardia con respecto a ellas, de hecho cuando consideró que se había politizado, abandonó el Lyceum. Esa fue una de las cosas que me chocaron en la primera lectura de 1999 “Yo era francamente feminista”, en pasado. Quizá, pienso yo, que el feminismo era y es un movimiento colectivo y sería difícil para una mujer no gregaria aceptar todas y cada una de las opiniones, cuando las opiniones empiezan a contrastar con las propias, ya que opina “ se ha politizado”. No está muy por la labor de que la República fuera positiva, hay palabras de compasión con respecto a la familia Real y de condena de la actitud de los nobles con respecto al Rey, también en eso va contracorriente con sus amigas del Lyceum club. Hay en los textos un rechazo de la política de la República; y en la guerra de los dos bandos en contienda, que pasa casi de puntillas, pero hace constar su condena de los modos de los requetés y de la posición de la Iglesia, a pesar de que es vascamente religiosa y respetuosa con la tradición y entierra a su madre con toda la liturgia habitual en los ancestrales formas religiosas de la vasco- navarra Vera de Bidasoa. El uso de sus manos para sembrar patatas o plantar la tierra, es narrado con la misma satisfacción de la que hablaba de su trabajo con los esmaltes o con las labores, sea trajes, encajes, reposteros, restauración de arquetas, bancos eclesiales o decoración de la casa.
Amparo Hurtado traza su biografía estructurando las etapas por las casas en que vivió, muy interesante y oportuno, porque entiendo que en esa fijación por “la casa” es la necesidad de arraigo de una mujer que yo considero esencialmente vasca. Etxeco andrel Y no lo digo por forofada – yo soy navarra pero no soy vasca- sino porque encuentro en su sobriedad, en su austeridad , en su dureza de juicio, en el sentido exquisito y selectivo de gusto por lo bello y bien hecho, en su amor a la música , en la fortaleza de su maternidad, en su prácticidad que ella misma reconoce como propio de su tierra, cualidades que me son conocidas por cercanas. La casa es uno de los símbolos más enraizados en lo vasco.
La guerra, vivida en Vera de Bidasoa, es contada con una narración objetiva y es en esa objetividad donde encontramos el horror de lo vivido, aunque no lo adjetive.
De vuelta a Madrid, la vida de Carmen Baroja, quizá ya no es tediosa, se siente útil: La compasión por su marido, reconstruir la casa, hacerla habitable, lidiar con la precaria economía de la posguerra, sentirse necesaria. Su crítica se extiende a la rapiña de los nuevos conquistadores que arrasan lo anterior. Vieja y viuda es feliz. Su felicidad son sus sus hijos, es sabido que estuvieron muy unidos a su madre, no solamente por amor sino por los vasos comunicantes de las propias aficiones, profesiones y gustos; compartían su fe en el Arte y la Ciencia, estaba orgullosa de ellos. Las ambiciones que decía tener de jovencita ya nada importaban. Nada dice Carmen Baroja de sus colaboraciones literarias. Al casi final de su vida habla de la trayectoria de sus hijos, Julio, del que se siente orgullosas y de Pío, el chico. Luego hemos sabido también  que su vida intelectual se hizo constante y prolongada. El balance de una vida, escrita con agilidad barojiana, es el de una mujer inteligente, curiosa, luchadora, profunda, culta, refinada, práctica.
La responsable del estudio, Amparo Hurtado, respetuosa con los textos, añade aclaraciones y notas y hace un resumen de la vida y también de la época cultural en que Baroja se inscribe. Añade una oportuna y breve biografía de las personas citadas. Mi balance: Muy interesante, un buen trabajo de la doctora Hurtado y un texto imprescindible para los que buscamos entender las razones humanas a través de los notables protagonistas de su época, en este caso el 98 femenino.

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